Soy de pueblo y a mucho honor. Soy de Girardota, la tierra del Señor Caído y mía y de ustedes y de todos los que le tienen fe.

Entre este municipio y Copacabana, pasé mi niñez y parte de mi juventud.

Estudié en Medellín el bachillerato y la universidad. Al principio, viajaba todos los días a clases en camión de escalera y luego en bus. Posteriormente en el carro de una compañera, cuyos padres amablemente me invitaban y lo hacían con mucho amor. Fueron tiempos felices que los disfruté y del cual guardo maravillosos recuerdos.

Quienes tuvimos la dicha de crecer en un pueblo, somos testigos de una vida simple y sin ínfulas. Una vida solidaria, participativa, creativa, generosa y más adjetivos de los que encierran, solidaridad y respeto.

Ser de pueblo es saber disfrutar de lo poquito y bueno. Crecer en un pueblo es saber disfrutar de la vida con poco, pero que es un mundo para uno.

Ser de pueblo es saberse todas las historias increíbles de quienes lo habitan, a veces como chisme, a veces como noticia y las más de las veces, para disfrutarlas, sin necesidad de hacer daño o de criticar.

Ser de pueblo, es haber podido disfrutar de jugar en la calle sin miedo a los carros, pero esquivando las mulas y los caballos que pasaban dejando su estela de boñiga y cargadas de caña de azúcar para la molienda.

Esto de ser de pueblo es poder haber caminado por sus veredas, ir a las moliendas a hacer panela yblanquiado, poder entrar a los potreros a robar mandarinas, naranjas, curubas, ciruelas y todas las frutas que allí se producen, sin que nadie te regañe, aunque corríamos mucho para que no nos descubrieran.

Vivir en un pueblo como Girardota y crecer en él, es haber podido estar todos los sábados, viendo ensayar la banda de música que se preparaba para fiestas y procesiones.

Haber vivido en Girardota me permitió disfrutar de las fiestas famosas del Señor Caído, llenas de turistas que atraídos por su fe y los milagros que hacía, elevaban pañuelos blancos al paso de la imagen y parecía como si miles de palomas salieran en desbandada.

Participar en estas fiestas en Girardota, era ver los juegos pirotécnicos más hermosos, llenos de colorido, con voladores estruendosos que nos hacían correr para que no nos cayeran los palos. Era también correr como locos cuando salía la vaca loca, una especie de carreta llena de pólvoraque llevaba un señor por todo el parque, y disparaba totes, cohetes, voladores, silbadores y obligaban a esconderse detrás de los árboles o bancas del parque, pero era toda una diversión, porque a nadie dañaban.

Haber podido disfrutar la niñez y la juventud en un pueblo como Girardota, fue la oportunidad para revivir cada año la mejor Semana Santa, con procesiones algunas en vivo, otras con santos, pero igual eran hermosas y divertidas, porque nos dejaban cargar los apóstoles, vestirnos de ninfas, con elvestido de la primera comunión y regando flores al lado de la virgen dolorosa. Ya más grandes, era la oportunidad para salir a las procesiones con los amigos, conseguir novios, ver al que nos gustaba, comprar helado o tomarse unos rones con coca cola después de haber caminado la procesión. Eso era vida.

Vivir la juventud en Girardota, así tuviera que viajar hasta Medellín a estudiar fue lo mejor. No importaban las madrugadas, ni la lluvia, porque lo podía hacer con mi papá. Salíamos a las 4:30 am, pero era rico porque me llevaba a desayunar a “La Sorpresa”, cafetería famosa y deliciosa de la época, y luego me dejaba en el Colegio de la Presentación del Centro, para él irse a su trabajo, todo esto en bus y a pie, pero eran momentos deliciosos en donde afianzábamos nuestra relación de padre e hija y cada vez me consentía más.

Los fines de semana en Girardota eran de muerte lenta…. Salir a “quiosquiar”, verbo inventado por nosotros, que consistía en ir a tomar tinto al Quiosco ubicado en la plaza principal, para poder ver desde ahí a todo el que pasaba, saludar, conversar y disfrutar el rato con los amigos, siempre bajo el cuidado del esposo de una tía, quien era el dueño del lugar y además invitaba y no teníamos que pagar casi nunca.

Había otro lugar espectacular para disfrutar los fines de semana en la noche y era la heladería Claro de Luna, administrada por el hombre más bueno, generoso y complaciente que había. Don Guillermo, así se llama, nos daba gusto en todo: en la música, en lo que pedíamos, nos alcahueteaba los novios y nos presentaba amigos interesados en conocernos, pero siempre vigilante, parecíamos todas sus hijas.

A veces nos servía aguardiente en pocillo de tinto para que no se dieran cuenta que tomábamos licor, eso sí, solo uno o dos, no nos permitía más, pero eran ratos deliciosos de 7pm a 9pm, hora hasta la que nos dejaban salir a las “muchachas de bien.

Las mujeres de pueblo somos aguardienteras, nos gusta bailar, nos encantan las fiestas que terminan con música popular, esas bien despechadas, así no tengamos nada que lamentar de los hombres. Somos rumberas, alegres, divertidas, con la sonrisa a flor de piel y la disposición para hacer amistades.

Esto de ser de pueblo fue una bendición para , a pesar de que a los 22 años salí de allí para casarme y vivir en la ciudad. Todavía están mis hermanos y mamá en Girardota loque me permite visitar el pueblo con frecuencia.

No me importa que me digan montañera o pueblerina, pues vivir en un pueblo de Antioquia o de Colombia, tener patria chica, es saber y sentir qué siente el pueblo, qué pasa con los campesinos. Es valorar la amistad, es tener todos los valores presentes, es aplicar los dichos populares y vivirlos, es una delicia aún hoy, salir al parque y en ese trayecto de mi casa paterna, saludar a medio pueblo al que conozco y me reconoce.

Haber vivido en Girardota y poder ir cada ocho días a saludar, es todavía sentir la desaparición de algún conocido, lamentar la muerte de algunas vecinas, seguir tomando tinto con algunas amigas de antes en el quiosco y que no nos cobren, es sentir el afecto de su gente, la bienvenida sincerade los amigos, el saludo afectuoso de las vecinas, el poder ir a agradecerle “al Caído” como le decimos al Señor Caído, por la oportunidad que nos dio de sentir y de formarnos al calor de gente buena.