No se si serán los años o las circunstancias, no sé si a ustedes les pasa eventualmente, tampoco conozco si es malo o bueno o si simplemente son cuestiones momentáneas, pero a veces me invade una nostalgia que me lleva hasta la reflexión.

No es tristeza, eso lo tengo claro, es Nostalgia, entendida como: “un sentimiento que se experimenta al recordar un momento, persona o lugar o hechos que nos ha hecho feliz en el pasado, y que actualmente ya no forman parte de nuestra vida”.

Es una definición sacada del diccionario, pero se acerca un poco a lo que siento a veces cuando estoy sola frente al computador escribiendo, o cuando leo en un libro una frase que me transporta, o simplemente cuando estoy ociosa y me da por pensar.

Yo sabía que la vida giraba y lo que ayer era un tren de vida, hoy es apenas un bus lento que recorre despacio las calles de mi vida y me obligan a mirar por el retrovisor asuntos que pensé olvidados.

Cualquier hecho, así sea un ruido, cuando estoy nostálgica, me resulta un detonante hacia el pasado y me lleva hasta los recuerdos más increíbles y me rio sola, me sonrío con una mueca de complicidad conmigo misma, moqueo, suelto comentarios en voz alta, que a veces, solo a veces, apenas percibe quien esté cerca y cuando me pregunta que dijiste, me rio y le contesto: yo aquí elucubrando.

Pero como esta nostalgia mía, puedo adivinar que, también ustedes sienten a veces, el atropello de los recuerdos y se ríen, lloran y disfrutan de los recuerdos. Hoy, les voy a contar que me hace nostálgica:

Recientemente me llegó un video de Sandro, el cantante argentino de los 60s, y aquí debo confesar que siento que soy una de los miles de viudas de Sandro de América, cantante que me fascinaba y aún hoy me encanta. Lo veo moverse, bailar, y escuchar esas letras de las canciones y automáticamente me lleva a mi juventud en Girardota, en donde en la heladería nos sentábamos las barras de muchachos a conversar, a dedicarnos canciones, a coquetear, a ser pretendidas, a reírnos de todo el que pasaba y a disfrutar del momento, escuchando música y tomando gaseosa o una copa de helado, eso cuando teníamos buena mesada.

Si estoy viendo una revista y me gusta un vestido, me acuerdo de inmediato de la modista de la cuadra, a la que le llevábamos los “cortes” o telas, para que nos hiciera una minifalda, o un short, o lo que fuera a nuestro gusto y medida. Normalmente incumplidas, pero buena gente, no cobraban mucho y lo mejor, era que trabajaban con moldes pre hechos y todo nos quedaba bien, porque teníamos cuerpos de pobre, a los cuales todo les servía fuera de la talla que fuera.

Si estoy por la calle y veo pasar un bus de escalera, me da escalofrío y la piel se me enchina de solo pensar las miles de veces que viajé en esos armatostes desde Girardota y Copacabana hasta el colegio en que estudiaba en Medellín. No solo eran de bancas duras como piedras, sino que cuando llovía, llegábamos empapadas al colegio porque las lonas siempre tenían las correas reventadas y se pegaban duro contra el viento y el agua nos caía directamente en la cara. Ahora les llaman chivas y como quedé con trauma, jamás me volví a montar en una cosa de esas, así me den millones.

Veo chicas con uniforme saliendo del colegio y me transporto a los viernes en la tarde, cuando en barra nos íbamos a “juniniar” por una calle hermosa de Medellín, sonde estaban las mejores heladerías y reposterías y por supuesto los muchachos de los colegios pares al mío, y nos íbamos a verlos y a comer y a disfrutar sanamente, sin afugias de atracos, robos, secuestros, carros amenazantes, motos atropelladoras, solo nosotras y ellos y después, en bus cada una para su casa, sin miedo a nada.

Y ni hablar de las bailadas que nos dábamos los fines de semana. Mis papas, solo nos dejaban salir hasta las nueve de la noche y si llegábamos mas tarde, era notorio ver a mi papá en piyama, parado en la esquina esperándonos para darnos el sermón de las siete palabras y la amenaza de no dejarnos salir más, o nos acortaba la hora de llegada. Eso era fascinante, sentir el miedo de escuchar el regaño, o de abrir la puerta dela casa suavecito para que no se despertara, pero él, mas vivo que nos nosotros, nos estaba esperando sentado en una silla en uno de los corredores con las luces apagadas y cuando hablaba, ¡santo Dios!, caíamos muertas del susto. Era tanto el miedo, que él se reía y nada nos decía. Eso era excitante.

Hablando de bailadas, esas eran memorables, al menos en el pueblo donde crecimos. Allí, había un club de jóvenes donde cada ocho días había orquesta y obvio, íbamos sin permiso, decíamos mentiras para poder salir y llegábamos sudando de tanto bailar. Era delicioso y aunque pensamos que nunca nos pillaron, mis papás sabían que era allí donde estábamos, porque después de muchos años, supimos que tenían espías y nos mantenían vigiladas a mi y a mis otras cuatro hermanas. Esas bailadas eran lo mejor del fin de semana.

Recuerdo con nostalgia las fiestas de 15s. Que delicia. Un mes completo buscando que ponernos para ser las mas bonitas, buscando el compañero adecuado que supiera bailar y fuera buen acompañante, los preparativos eran toda una fiesta y la celebración era aun mejor.

Pero ahora, también tengo nostalgia. Dicen los que saben que se llama nido vacío y sí, tienen razón. NO es fácil ver la casa hoy, con cuatro habitaciones desocupadas, un silencio sepulcral todo el día, nada se mueve, ni se escuchan gritos llamando papi o mami, no hay desorden, todo está perfectamente bien puesto, la casa brilla y aunque sigue siendo hogar se convirtió en un caserón inmenso, hermoso, pero vacío.

Soy de las que disfrutan haberles dado independencia a mis hijos y alas para que volaran, pero se fueron lejos y si bien somos felices por sus logros, hay nostalgia de ver todo tan adecuadamente puesto, tan quieto, tan sin desorden, pero esos son momentos que atesoro y guardo en mi corazón y no me dañan, no me atormentan, no me persiguen y no lo lamento.

Siempre dicen que uno queda al final tal como empezó: solos, pero aprendimos a estar acompañados los dos, a disfrutar de estar juntos, de hacer las cosas en compañía, tenemos un amor maduro mas tranquilo, comprensivo, sereno, lleno de recuerdos maravillosos, conversaciones interesantes, libros que nos acompañas, programas que nos inventamos, salidas que hacemos sin afán.

Ahora la nostalgia se nos aparece de vez en cuando, pero la superamos juntos, no manejamos horario, hacemos lo que nos gusta, caminamos diario, visitamos los médicos en compañía hacemos los mandados los dos y tema nunca nos falta.

Escucho a muchos quejarse de la vida, de la soledad acompañada, de que sus esposos o esposas también ya jubilosos, parecieran que se hubieran muerto en vida, que no estaban preparados para el retiro, que el genio se les sube, que buscan salir corriendo de la casa para que no les den con la trapera, que son malos compañeros porque no hacen nada juntos, no se tienen en cuenta y a veces uno de ellos o ambos empiezan con la calladera, la nostalgia y después caen en depresión.

Ojo, estar jubiloso necesita de preparación. Hay que saber que vamos a hacer, con quien vamos a compartir y qué tenemos económicamente para disfrutar. No podemos dejarnos envejecer solos con el esposo o la esposa al lado, hay que aprender nuevamente el arte d estar juntos como cuando novios, solo que ahora con un amor mas sereno, comprensivo, tolerante y de apoyo, pero amor del bueno al final de cuentas.

Es bueno estar solos nuevamente y aunque estemos pendientes de los hijos, debemos aprender a disfrutar de la compañía del otro, del que escogimos para siempre.

Es importante tener que hacer y en qué invertir el tiempo, porque al final del día, si seguimos juntos fue porque fuimos capaces de sortear muchas dificultades, de enfrentar los inconvenientes que lleva formar un hogar, construirlo, levantarlo y ya es hora de mirar desde la ventana lo que hicimos juntos, ¿entonces por qué aburrirse, cuando empieza lo mejor, sin compromisos, más livianos?

¿No sienten ustedes lo mismo?