No es por contar que estuve paseando, es para contarles dónde y despertarles las ganas de viajar, bueno, bonito y a un precio increíble, por sitios de Colombia que tenemos escondidos o que no nos interesaban por alguna razón.

Nunca estuvo en mis pensamientos ir a Mompox. Por mí, ni se me habría ocurrido, pero mi esposo siempre estuvo deseoso de conocerlo, pues como buen lector sabía lo que allí se escondía. Y no se equivocó.

Lo primero fue conocer cómo ir.

Todo estaba como predestinado, porque surgió facilito. Una buena agencia de viajes lo tenía todo dispuesto.

Lo segundo fue buscar la compañía. Yo estaba fija y al contarle a mis hermanos tres de ellos se animaron, uno con su pareja, dos solas y se sumó una prima. Ninguno conocía esa tierra y menos lo que allí nos aguardaba.

El viaje fue de cuatro días y tres noches, en avión hasta Mompox, una casona hermosa, bien conservada y elegante, nos sirvió de hotel, desayuno incluido, dos walking tours, paseo en planchón turístico por un brazo del Río Magdalena, visita a dos museos y al mejor taller de filigrana y todo por un valor increíble.

Llegar al Hotel Boutique Ana Lorenza, casa antigua de la familia Zajar, fue de caída de mandíbula. Hermosa, acogedora, lujosa en su estilo y ser recibida por el dueño, un exalcalde que se las sabe todas, fue de lo mejor.

Mompox, tierra De Dios, donde se acuesta uno y amanecen dos y si el viento sopla son cientos, como dicen sus pobladores, no es cuento sexual, es real.

Por haber sido un gran puerto, en las noches cuando sus pobladores se iban a dormir, apenas si se veía una lancha, pero al amanecer, el río estaba lleno de ellas y de mercancías de toda clase. Ya no es un puerto fluvial importante, pero están trabajando en ello. Ahora por ese brazo del Magdalena, se hacen los más deliciosos paseos en los planchones, o en los “Johnson” (canoas con motor fuera de borda de esa marca).

Mompox es histórica. Cada una de las seis iglesias tiene su razón de ser y la de Santa Bárbara, tiene cuento, con rayo incluido. Hasta las dos capillas tienen historia, y ni qué decir de las casonas hermosas que bordean toda la avenida primera, por el malecón, son verdaderas historias de familia con buena sustancia en los relatos y por supuesto algo de imaginación.
Hasta el cementerio tiene historia, allí está el famoso General Hermógenes Maza, el que ejecutaba antes de que llegara la orden y por supuesto, está también el poeta del pueblo, Candelario Obeso, quien se suicidó por amor, pero la historia es mas larga y mejor, pues es el orgullo del pueblo. Ver un atardecer en el Cementerio de Mompox, es contemplar la obra de Dios.

Solo fueron cuatro días y tres noches, pero, sudadas y gozadas a mas no poder. La temperatura estuvo buenísima, 32 grados a la sombra, pero delicioso recibir esa vitamina D, con todos los cuidados. Los tours se hacen a temprana hora y por las tardes cuando el sol va cayendo. Es maravilloso, porque ya hay un poco de brisa y el calor no es tanto, apenas de 30 grados.

Conocer los museos, estilo pueblo, en donde el apoyo a la cultura como todo en este país es poco, vale la pena vivirlo, mas por la historia que tienen, que por los mismos objetos, aunque el museo religioso si es de ver y de gritar “guau”.

Los guías merecen renglón aparte, pues son jóvenes de la región, certificados, orgullosos de su historia, con conocimiento y dispuestos a acompañarte y a contestarte todas las preguntas sin dudar. Mompox, sin guías, es otro pueblo más, pero acompañado por ellos, es otro cuento y maravilloso.

No sé si sabían de la importancia de Mompox en la Campaña Libertadora. Pues bien, Bolívar estuvo 12 veces allá y ya conocerán todo lo que hizo y llevó para su gesta libertadora. Los mompoxinos podrían ser tan reconocidos como los mismos lanceros de los llanos.

En Mompox hay tres Cristos negros hermosos, pero su aparición, es todo un cuento de ángeles, literal, que hay que escucharlo y sorprenderse, pues, aunque parece ilógico, no resulta tanto si lo escuchas de guías convencidos de lo que están diciendo, o de algún transeúnte de la región que te lo confirma.

La Semana Santa es estilo sevillano. Tal cual, copiado de buena manera de Sevilla España, con santos, traídos de Francia y España, de una hermosura hasta rara. Para ir en Semana Santa a Mompox, necesita agendarse y reservar desde ya, porque su fama traspasó nuestros límites. No hay que perdérsela, pues hasta se roban un paso (imagen del Nazareno), ocho días antes y toda la población espera su regreso con el fervor propio de los católicos.

Y otra festividad que merece verse, es el festival de Jazz en septiembre. Es internacional, es para todos los que quieran ir y escuchar esa bella música y a sus mejores exponentes del mundo. Es otra festividad que hay que reservar con tiempo, porque, aunque Mompox tenga 70 hoteles, no son, de siete pisos, son casas hermosas adecuadas para tal fin y con atención de primera.

Estas dos festividades no nos tocaron, pero nos hablaron tanto de ellas y vimos tantas fotos y videos que quedamos ilusionados con volver.

Lo que si hicimos fue montar en Tuck Tuck, carruaje que es el que te lleva del aeropuerto al hotel y en el cual debes moverte si así lo deseas por esa ciudad, porque carros no se ven. Son motos acondicionadas con techo y bancas para dos o tres pasajeros, con un conductor sabelotodo, simpático y atento, que lo primero que te dice es: “si es tu primera vez aquí, te vas a enamorar” y no se equivoca.

Pero hay otros paseos que te ofrecen por el rio, todos buenos. Nosotros escogimos ir a San Sebastián, al sur del departamento del Magdalena, a 40 minutos en lancha, la tierra del Chandè en donde te recibe un futuro candidato a la alcaldía, los músicos más maravillosos, el autor más reconocido de las canciones del Chandè, en donde te ponen los trajes típicos para bailar, en medio del calor mas delicioso y en donde te reciben con un salpicón de frutas helado. Todo a pedir de boca, con paseo en moto hasta la finca donde te espera un señor almuerzo y mas historias, alrededor de una piscina que ya se la quisieran muchos.

No puedo dejar de lado la gastronomía, es deliciosa. Tienen restaurantes para todos los gustos y bolsillos, todos con oferta amplia en elementos de mar. De Mompox se viene uno con unos gramos de más, pero valen la pena. Los restaurantes, aparte de que tienen una cocina deliciosa, son hermosos, bien decorados, frescos, con buen servicio y descrestan con los platillos que te ofrecen. Nada que envidiar a los de las grandes ciudades.

Espero haberlos antojado un poco de rincones escondidos que tiene Colombia y que resultan ser una joya digna de disfrutar. Hay que ir a Mompox, porque en verdad es Tierra de Dios