Hay decisiones que uno no quisiera tomar nunca en la vida. Son esas que te estrujan el alma, te hacen tambalear, te muestran un buen futuro, pero a unos costos llenos de incertidumbre.

Les estoy hablando de esas decisiones duras, que implican nostalgias, bellos recuerdos, remembranzas maravillosas, como el tener que vender la casa paterna y que a uno de tus padres tengas que llevarlo a otra casa, mucho mejor, pero que por sus condiciones de vejez y de olvidos, el tema resulta difícil de hacer, y, aun así, tenerlo que realizar.

Justo eso, es lo que hace que la decisión sea dura y que las consecuencias de esta sean inciertas, porque a pesar del beneplácito que manifiestan, al aceptar el cambio, su memoria le juega malas pasadas y les hace devolverse en la decisión un día; pero al otro día, volver a decir que le gustaría vivir en otra parte.

Pero son decisiones que hay que tomar, por muchas razones: porque son casas que, aunque fueron hermosas, inmensas, con muchas habitaciones, patios, zaguanes, solares, grandes corredores, cocina acogedora, solo la habitan una o dos personas, sin la seguridad que se requiere. También, porque por su estado de vejez y de antigua construcción, hacerle mantenimiento, no se justifica.

Este tipo de decisiones duras, que afectan a quienes tienen que tomarlas a pesar de las circunstancias, deben hacerse teniendo en cuenta que lo primero es el ser querido que tiene que abandonar ese caserón donde vivió los mejores años de su vida, donde conoció el amor, donde lo perdió, donde vivió todo el tiempo, donde crio a sus hijos, en fin, donde solo hay recuerdos lejanos.

Tomar estas decisiones, requiere hacerlo de la mano de todos los involucrados y de los médicos que ayudarán a que el paso que se va a dar sea lo menos traumático posible.

Pero también hay que decirlo, así todo se haga correctamente, sigue siendo difícil, porque en los ratos de lucidez de aquellos que dejan la casa, hay que repetir y repetir la historia para que la vuelvan a entender, así sea que al minuto lo olvide; sin embargo, es el deber hacerlo tantas veces sea necesario y con paciencia.

Recomiendan quienes saben y ayudan en estas decisiones, que para hacer más placentero el traslado de un ser querido a una nueva vivienda, es menester, llevarle con todas sus pertenencias mas queridas, buscar arreglarle el nuevo lugar lo más parecido a donde vivía y hacerle compañía permanente.

Recomiendan, invitar a sus viejos vecinos y a los nuevos a visitarle, a hablarles en positivo, sin necesidad de mostrarles la bondad del nuevo lugar, solo acompañarlos, asistirlos, estar pendiente y echarse la bendición para que todo salga de la mejor manera posible, con la tranquilidad de haber hecho lo mejor y darles calidad de vida.

Se me ocurre pensar que, todo esto se puede evitar si desde ahora cuando aún estamos muy conscientes y lúcidos y tomamos las decisiones de manera sensata, debiéramos escribir estas decisiones, o vamos a notarizarlas, para que nuestros parientes no tengan que sufrir el desencanto y la tristeza que a veces acompaña al ser querido con los cambios que pueden darse en la última etapa de vida.

Es por eso, soy de las que creen que uno no le debería dejar esas decisiones tan duras al hijo, o a los hijos, insisto, las debiéramos escribir o verbalizar ahora que tenemos memoria y estamos con nuestros cinco sentidos.

De todas formas, proporcionarles a los padres en su vejez, un lugar con un ambiente agradable, dispuesto a sus necesidades, rodeado de su familia, sus vecinos y parientes, es un acto de amor, y debe ser este sentimiento el que nos mueva. Lo demás es dejarlo en manos del Todopoderoso.