Así somos los seres humanos: muy dados a decir lo que pensamos, sin antes ponernos en los zapatos de los demás y vamos lanzando opiniones a diestra y siniestra sobre algo o de alguien, sin mucho fundamento.

No esperamos a escuchar de lo que se está diciendo cuando ya estamos hablando mal de esa persona, o de ese evento, o de lo que sea que se está diciendo.

Expresamos muchas veces sin reato, opiniones como: “ese como es de malo”, o “¿pusieron allí a fulano?, ahora si se dañó esa empresa”, o nombraron a alguien y se dice: “¿cómo es que lo nombraron?, no tiene estudios y ni siquiera es inteligente;” y cuando se trata de mujeres es peor, “¿una mujer ahí?,¿Quién dijo que era capaz?”, o mas grave, cuando somos las propias mujeres que, como antropófagos, nos comemos viva a una congénere, porque está escalando en la torre laboral y así por el estilo. Juzgamos sin parar y sin detenernos a pensar, en el por qué, o la razón o, que le vieron o, cuáles son sus cualidades.

Tendemos a dañar mas que a construir, ese es nuestro libre albedrio, esa es nuestra mal llamada libertad de opinión, eso es dizque el criterio que tenemos, pero vamos ver y claro que vemos: envidia, ganas de destruir, ganas de pordebajiar y de ningunear a las personas, no tenemos consideración con nadie o, como decía mi madre, no tenemos caridad cristiana con la gente, que no es otra cosa que, ver lo bueno y no lo malo y admirarlo y destacarlo.

Acabamos a críticas con un restaurante cuando la comida que pedimos no era la que creíamos o no sabíamos de qué se trataba ese plato, ahí vemos como la ignorancia es atrevida, hablamos mal de Universidad, porque nos echaron de ahí, pero no decimos que fue porque no dimos rendimiento y nos quedó grande la carrera; acabamos con los políticos, diciendo que todos son malos, ratas, corruptos, pero no hacemos excepciones con los que de verdad lo hacen bien.

Siempre es más difícil describir lo bueno. Se nos olvida que cada quien tiene su propia carga, sus propios problemas, que tuvo que luchar mucho para conseguir llegar hasta donde está. Todos tenemos nuestra propia historia y no nos toca juzgarla con calificativos, porque no la vivimos, no la conocemos, dejemos el espacio a la duda, miremos que hay detrás, sopesemos lo bueno, que lo malo, si lo hay, se presentará solito, sin tener que acabar con alguien sin conocerlo.

Pongámonos en modo propositivo, miremos con ojos de misericordia, empuñemos las manos para desearles suerte, paremos oídos a lo bueno, dejemos de lado lo que hace daño, y si vamos a juzgar, que sea para bien, porque como dicen por ahí, todos hablan y nadie sabe la verdad y por eso opinamos desde nuestra posición, sin saber que afuera es diferente.

Si vamos a abrir la boca para opinar, que sea para bien, hay que pensar antes de juzgar, no pongamos en tela juicio la vida de las personas, porque criticamos a los que pueden ya que nosotros no pudimos y ponemos en evidencia nuestras incapacidades.

Y como dijo un viejo sabio, “júzgame como quieras, la opinión es tuya, pero la realidad es mía”